Página:Esmeraldas (Cuentos mundanos).djvu/48

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Ella vino hacia mí trayendo su conquista en la mano y sin notar mi turbación la alzó hasta la altura de sus ojos y me dijo:

—¿Ves que era un higo?... Me dan ganas de no convidarte!

Levanté la vista y la miré, de tal manera probablemente, que leyó en mis ojos los sentimientos que me agitaban, ruborizándose hasta el borde de sus orejitas pequeñas y rosadas.

—¿Qué miras?

—Tus ojos... ¡tan lindos!

—¡Pues no!... ¡vamos a comer el higo!

*
* *

Y nos sentamos en el viejo banco de hierro pintado de verde, donde mi madre, pasada la siesta, venía a coser.

Comenzó a descascarar la pequeña fruta aún no completamente ennegrecida y luego que terminó quiso partirlo con los dedos.

—¡No lo partas!... ¡muérdelo por la mitad!

—¡Oh!— ¿Sabés que es gusto?...

—Bueno, trae yo lo muerdo.

—No, ¡te lo vas a comer todo!

—Es que si lo partes con los dedos me vas a dar el pedazo más chico!