Página:Esmeraldas (Cuentos mundanos).djvu/71

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Un nido de amor comencé a arreglarme, donde no se colocaba un solo objeto, sin que la que debía habitarlo conmigo pusiera su visto bueno.

Queríamos que nuestra casita fuera así pequeño edén que no tuviera igual en la tierra.

¡Y cómo nos deleitábamos, en las horas que pasábamos juntos, pensando en los placeres que nos esperaban!

Egoistas con nuestro cariño, vivíamos sólo el uno para el otro en nuestro paraíso, no teniendo ella más Dios que yo, ni yo más Dios que ella!

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Acercándose el día feliz de nuestra unión, algunas plantas de mérito que debían colocarse en el jardín, sólo faltaban para que el pequeño nido estuviera terminado.

Y yo, acompañado del gallego Pedro, determiné ir a buscarlas a la quinta que el tío poseía en Morón.

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