con la Iglesia romana, obra comenzada por Enrique VIII, verdugo de sus mujeres, se continuó por Somerset, verdugo de su hermano, y quedó completada por Isabel, verdugo de su hermana; que la Reforma, en Inglaterra al ménos, añade el noble lord para concluir, fué el producto de brutales pasiones, alimentado y sostenido por una política egoista.» En Alemania, diremos á nuestra vez, lo fué del perjurio y de la concupiscencia de un fraile ambicioso, y en Suiza, de la perversidad de un fanático, sediento de dominacion, que aspiraba á fundar un poder teocrático ejercido por una oligarquía. Por lo demas, ni España, ni Portugal, ni Francia, ni gran parte de Alemania, ni alguna porcion de Suiza, ni tampoco Irlanda se dejaron arrastrar de la corriente innovadora. Y como los límites de un apéndice no consienten extenderse mucho en órden á las ventajas ó daños producidos por la Reforma, terminaremos con una cita de Melanchton, autoridad no nada sospechosa en la materia para los reformistas: El Ebro con su caudal no me daria lágrimas bastantes, dice, para llorar los infinitos males que ha producido la Reforma.»—Ap. del T.
(B) Conviene tener presente que, por regla general, la agresion partió en todas partes de los protestantes; y en lo que respecta á Francia, ya que lord Macaulay habla de sus crueldades con los herejes, diremos que, libres en un principio, sólo fueron perseguidos de ese modo cuando, no como secta, sino como partido, se convirtieron en peligro para la patria, cuya unidad, conseguida á tanta costa, se habria convertido en fraccionamiento y desmembracion, de triunfar los calvinistas, que no aspiraban en política sino al federalismo.
¿Debia la realeza, dice con este motivo un publi-