con puntas de pedernal ó espinas de pescado; para quienes un jinete era monstruoso centauro, y que tomaban los arcabuceros por magos que así disponian del trueno como del rayo. Los indos, cuando fueron sometidos de los ingleses, eran diez veces superiores en número á los americanos que vencieron los españoles, y tan civilizados como los españoles victoriosos; habian levantado ciudades más grandes y hermosas que Zaragoza y Toledo, y construido edificios más espléndidos que la catedral de Sevilla; tenian banqueros más ricos que los más opulentos de Cádiz y Barcelona, vireyes cuyo lujo excedia con mucho el de los Reyes Católicos, jinetes á millares y trenes de artillería que hubieran admirado al Gran Capitan (1). Habrian debido bas(1) En efecto, los trenes de artillería del siglo XVIII habian necesariamente de causar sorpresa á los militares del siglo XVI, del propio modo que los trenes de Moltke hubieran sorprendido al gran Napoleon. El autor no tiene en cuenta la diferencia de los tiempos al comparar una conquista con otra, y de aquí la consecuencia equivocada que resulta, porque es lo cierto que así en América como en la India lucharon dos civilizaciones diferentes con dos civilizaciones relativas á dos siglos de distancia. Los indostanes eran civilizados, ¿quién lo duda? pero, ¿quién dudará tampoco de la civilizacion de los Aztecas y de los Incas despues de haber leido á Prescott? Las diferencias que dieron la victoria en ambos casos á la raza europea fueron su pericia, su valor y las demas circunstancias que son parte á establecer la superioridad de nuestra raza sobre todas las que pueblan el mundo.
En cuanto á que no sean conocidos en Europa los nombres de los conquistadores ingleses de la India y si los de Hernan Cortés y de Pizarro, conquistadores españoles de la América, débese, á nuestro parecer, á que las empresas realizadas por nuestros compatriotas revistieron un carácter tal de épica grandeza, que aparecen á los ojos de todos los pueblos del mundo con el sello que produce impre-