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16 Margarita Eyherabide

América; —el índice bajó más aún. á la derecha,

y el joven leyó: —- Urugnay. ¡Por vida mía! — dijo Amir golpeando el suelo

eon el pie. Aquí me tienen en mi lindo país. Busqué la Europa. busqué el Asia. llego á la América y de improviso caigo en el Uruguay. Esto quiere decir que amo mucho á mi patria y que, si de ella me ale- jara, me vería atacado de nostomanía, esa enferme- ded. que, según dicen proviene de la melancolía que se siente, al alejarse de la patria.

-— En fin... — murmuró Amir y ¡helo aquí en el punto de sus meditaciones, haciendo causa comúk con sus manías!

Amir era soñador como un poeta.

— Yo— dijo el joven, soliloqueando del mejor grado —soy afecto á esa vida bohemia; me agra- daría recorrer todos los países, y tratar á gentes de todas las razas; escalar las cumbres de las mon- tañas más altas, atravesar los mares en tempestad deshecha. Ver romperse en astillas, un buque náu- frago y sentir los anhelos de vida y muerte que se snfrirán en esos momentos.

Quisiera visitar el Asia y ver de cerca á esos japo- neses que á pesar de su raquítica complexión quizá un día vengan á admirar al mundo con sus proezas ¿quién lo duda?...

—Pero ¡bah! — ya estoy en el punto de mis ocurrencias — como dice mamá — murmuró el joven y añadió:

— ¡Quizá tenga razón, sí, esa santa mujer, mi pobre madre! — Hijo, me ha dicho siempre que la inicio en la conjunción de mis crueles pensamientos. — No puedo prohibirte que sueñes, pero te ruego que despiertes siempre. Despierta á tiempo, Amir y