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ALBERTO GHIRALDO

biéramos tenido hijos! pensó. Y algo como una lágrima asomó á, sus ojos azules, de mirada húmeda. Después se encogió de hombros, se arrellenó en el asiento del viejo coupé, que alquilara momentos antes y haciendo un mohín que expresaba indiferencia, dijo: quizá así sea mejor.

Seguía andando. Como si nunca las hubiera visto, las calles le parecían nuevas. Leía, maquinalmente, sin darse cuenta, los letreros de las casas de comercio ante las que iba desfilando. De pronto se asombró del paso que daba. Se veía, se juzgaba, como si fuera otra persona. Analizaba el acto, llegando á este resultado: había obrado bajo una influencia poderosa — que no podía explicar, — única, imperativa, irresistible. ¿Era culpable? No. Cualquiera otra, en su caso, habría hecho lo mismo. Pero, ¿tenía perdón aquello? Tampoco. No encontraba, en verdad, ninguna causa atenuante. Y sin embargo, ¡no era culpable!

Seguía andando. Por un fenómeno cerebral, adelantándose al porvenir, Bue-