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ALBERTO GHIRALDO

universo. Los soles, á su mandato, rodaban al abismo y él se entretenía en escuchar el ruido que hacían al entre chocarse en los espacios, antes de caer para siempre en las profundidades de la eterna nada! Era un tropel de astros que él dominaba á su antojo, una hecatombe mundial, el desquicio de los orbes ordenado por él.

¡Sí! Todo se hundiría bajo sus plantas, nada quedaría en pié, porque todo estaba podrido; había que reconstruirlo todo, había que empezar la obra de nuevo!

¡Oh, rey de los reyes, mandón supremo! ¡Con qué placer contemplas tu obra, miras el derrumbe colosal sin inmutarte, y escuchas extasiado la música del trueno! Ese estrépito inaudito, ese crujir de mundos constituye tu gloria.

Todas tus órdenes son cumplidas. Un