Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/200

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Esta página ha sido corregida
—120—

movimiento; comprende á Colón; vé al hombre que le depara la divina providencia, y sin oir mas que la voz que tan alto habla á su corazon, y con el acento de una inmutable resolucion declara, que lo toma todo á su cargo como reyna de Castilla, añadiendo, que seria menester demorarlo un tanto, á causa de los apuros del erario; pero que si esta tardanza los descontenta, allí están sus joyas, y que tomen de ellas la cantidad necesaria para el armamento. [1]

 Al escuchar tales razones, Santangel y Quintanilla cayeron de rodillas á los pies de su soberana, y la besaron la mano con santo respeto. Santangel la aseguró que no se tocarian sus alhajas; porque él se encargaba de hacer el adelanto de lo necesario con los caudales de Aragon. En efecto, obtuvo de don Fernando la autorizacion, y mas adelante, fué reintegrado relijiosamente por la corona de Castilla el rey, que prudente en demasia, no quiso tomar parte en un asunto que para él estaba tan oscuro.

 Por órden de Isabel salió inmediatamente un oficial de guardias para traer a Colon, logrando alcanzarlo á dos leguas de Granada, á la entrada del puente de Pinos, célebre por los numerosos combates de que habia sido teatro. Parece que despues de tantos sinsabores dudó el grande hombre en volver las riendas de su mula; mas cuando supo lo sucedido, y la firme resolucion de la reyna, obedeció gustoso, convencido de que la providencia reservaba una parte de su obra á tan sublime mujer, y de que era la única digna de asociársele.

 Y en verdad que Isabel acababa de tomar una resolución heróica, porque contra el sentir de la Junta de Salamanca; de su consejo privado; de su confesor, hácia el cual mostraba siempre la mayor condescendencia; de su mismo marido, á quien se complacía en obedecer,

  1. "Mas si aun esta dilacion les descontentaba que allí estaban las joyas de su cámara, y sobre ellas se tomase la cantidad necesaria para el armamento." Muñoz. Historia del nuevo mundo, lib. II, § 30.