Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/294

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Mas no se atrevieron por miedo á seguir la joven hasta su cabana, y volvieron á bordo á las tres de la madrugada.

Envió el almirante á tierra nueve hombres armados, resueltos é intelij entes, con un indio por intérprete; los que debian reconocer el pais y entablar tratos con los naturales. Encontraron á cuatro y media leguas de la orilla una aldea desierta, pues al divisarlos sus moradores tomaron la fuga, después de ocultar lo que poseían; y como el intérprete los siguiera, gritándoles con grandes voces que volviesen, que los cristianos no eran canibas, sino que venian del cielo, y daban cosas muy hermosas, poco á poco se fueron acercando, y en número de mas de dos mil rodearon á los españoles, contemplándolos con veneración y asombro. Sacaban de sus casas los mejores ahmentos para ofrecérselos, y en esto se adelantó un gran golpe de ellos conduciendo en hombros á la mujer que habia recibido los presentes de Colon, una parte de los cuales traian con gran ceremonia, conducidos por el afortunado marido, que iba á las carabelas á dar las gracias al jefe de los hombres celestes. El intérprete, habiendo creido oir á bordo, que el almirante deseaba un loro enseñado, espresó su deseo, y en seguida se los trajeron de todas partes, sin aceptar nada en cambio.

Los europeos, al tornar con este cortejo, pudieron ver en su camino, magníficos campos cultivados, mas frondosos aun que los de Córdoba; pues á pesar de ser á mediados de Diciembre, los árboles estaban verdes y cargados de frutas, y la yerba tan alta y lozana como en Castilla en el mes de Abril; sin embargo, no se notaba ninguna apariencia de oro.

El Viernes se puso el almirante de nuevo en demanda de la isla Babeque, tan preconizada por los indios en cuanto al precioso metal; pero las contrariedades del viento le llevaron á la de la Tortuga, fértil, bien cultivada, y que recordaba, aunque confusamente, la campiña de Córdoba.