Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/311

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Esta página ha sido validada
—231—

de las armas y se adelantaron á los españoles que les compraron dos arcos y gran copia de flechas; pero no bien hubieron recibido su costo, en vez de entregarlas, viendo que no tenian que habérselas mas que con siete estranjeros corrieron en busca de cordeles para amarrarlos, considerándolos ya como cautivos. Apercibidos del caso los españoles caen como el rayo sobre los indios y hieren á uno en el pecho, y á otro, de un sablazo, en las caderas. La intrepidez del ataque les infundió tal espanto, que huyeron, arrojando sus lanzas por el camino. Si el oficial que mandaba la lancha no hubiera, conforme á sus instrucciones, impedido que los persiguieran habrian hecho los siete una carniceria. Aflijido quedó el almirante al saber este suceso, pues hubiera querido que su espedicion no costara una gota de sangre á los pueblos que venia á convidar con la paz del señor; pero la reflexion lo consoló en breve, porque la derrota de sesenta guerreros del pais por siete de los suyos debia redundar en beneficio de la pequeña colonia dejada en el puerto de la Navidad.

 Pertenecian estos indios á los ciguayenos cuyas costumbres diferian de las de los otros naturales de la Española en razon á que espuestos á las invasiones de los caribes, habian contraido ciertos hábitos crueles de sus enemigos.

 Al otro dia tornó á enviar Colon la chalupa, pero armada en guerra, y los playeros, acompañados del que ya estuvo á bordo de la Niña se acercaron sin miedo alguno, no guardando rencor por lo pasado. El almirante llamó á aquel paraje, golfo de las Flechas.

 Afan tenia Colon de encontrar, antes de volver la proa á Castilla, á la raza de Caniba ó de Carib tan temida entre los pueblos que llevaba visitados, y de ver á los comedores de carne humana, seres rebeldes al órden establecido por la providencia, ofensores de la naturaleza, y que por un esceso de la gula mas repugnante, robaban á los hombres, para saciar en ellos su asque-