Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/34

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XXX

influencia no llegó Italia á olvidar del todo á Cristóbal Colon. El canto de los poetas inspirados por el cardenalato despertó su patriotismo del letargo en que yacia, y así como en los tiempos heróicos de la injeniosa Grecia

 El ilustre cardenal Bembo, intercaló en su Historia de Venecia un libro entero sobre el descubrimiento de Colon.

 El papa Leon X se hacia leer en las noches de invierno en medio de la corte pontificia las Decadas oceánicas de Pedro Mártir.

 Casi todo el cardenalato romano instó á un noble de la ciudad, llamado Giulio Cesare Stella, á que escribiese en versos latinos la epopeya del nuevo mundo. El cardenal Alejandro Farnesio la dió una gran celebridad haciendo leer el manuscrito en su villa de Farnesio, en presencia de las togas purpuradas, é hizo que el jesuita Francesco Benci le pusiera un prefacio.

 El cardenal Benedetto Pamphili aconsejó al P. Ubertino Carrara , jesuita tambien, que compusiera un poema sobre el mismo asunto.

 El cardenal obispo de Verona, el grande Agostino Valerio, en su libro De consolatione Ecclesiæ mencionó el descubrimiento por su importancia católica, y glorificó implicitamente á Colon, aplicando á su mision testos notables de las profecias de Isaias.

 El cardenal Sforza Pallavicino celebró la obra de Colon en sus Fasti sacri.

 Bajo los auspicios del papa Inocencio IX y del cardenal Gabriel Paleotto el sábio orador Tomás Bozius, publicó la parte de su obra titulada: De signis Ecclesiæ Dei en que se apropian á Colon diferentes pasajes de las profecias.

 El primero que hizo celebrar en lengua italiana los viajes de Colon era un frances, el cardenal de Granvelle, y es preciso convenir en que el poeta de Brescia, Lorenzo Gambara, satisfizo sus deseos.

 En Roma fué donde Uberto Foglieta, historiador de las grandezas de la Liguria, manifestó su indignacion contra ”el vergonzoso silencio y la inconcebible apatia de su patria, que levantaba estatuas á algunos ciudadanos por motivos triviales, y no erijia ninguna al solo de sus hijos, cuya gloria no tuviera igual.” (Turpis silentii, oblivione... sed civiorum tuorum supina negligentia incredibili cæcitate conjuncta lugenda est—Clarorum ligurium elogia, p. XXXVI. Impreso en Roma en casa de José de los Angeles, 1577.) De allí partió la jenerosa protesta y la declaracion del servicio incomparable, rendido por su compatriota á la Iglesia de Jesu-Cristo. (Ac neutiquam comparabile in christianam Ecclessiam promeritum.—Clarorum ligurium elogia.) Pero hasta el año de 1577, la república de Jénova, participando de la indiferencia de los demas estados, no pensó en consagrar á Colon un pedazo de ese mármol de que tanto abundan sus palacios.