Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/362

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Esta página ha sido validada
—282—

 Hecho esto, se trató de dar reglas para su práctica, de fijar límites á las espediciones de los castellanos, y de dividir entre ellos y los portugueses las partes desconocidas del mundo, á que las dos potencias llevarian el Evanjelio, y con él la civilizacion. Aquí es donde apareció visiblemente la parte que tuvo la Iglesia en el descubrimiento, y en la que muestra sus efectos la bendicion íntima de Inocencio VIII sobre la empresa de su compatriota Colon.

 Tal como es, Alejandro acepta entre sus obligaciones pontificales el patrocinio del papado en la invencion del nuevo mundo; y con fé en Colon, le dá pleno crédito en cosas inauditas, le dispensa de toda prueba, justifica sus cálculos improbados, y solo en él y por él se funda y se compromete en la colosal particion del hemisferio inesplorado, entre las coronas de España y Portugal. Cuanto el mensajero de la cruz propone lo concede punto por punto, cual indicacion de la providencia; el jefe de la Iglesia fija las jigantescas proporciones de la operacion jeométrica trazada por Colon; la santa sede toma bajo su responsabilidad la exactitud de aquel deslinde de lo desconocido é inconmensurable; y para fijar á españoles y lusitanos la barrera que ha de mantenerlos en lo sucesivo en sus respectivos límites, el vicario de Jesu-Cristo con un arrojo sobrehumano tira una línea en la carta aun informe del globo, que, arrancando del polo boreal, y pasando á unas cien leguas al O. de las Azores y de las islas de Cabo-Verde avanza por medio del Océano Austral, y no se detiene hasta el polo Antártico, atravesando ¡oh maravilla! por toda la estension de la tierra, sin encontrar en la inmensidad de su travesia el menor lugar habitable, de que pudiese surjir la menor desavenencia.

 La milagrosa exactitud de esta operación dió ademas por resultado, el asegurar á la nacion española en premio de su celo por la doctrina del divino maestro, el dominio esclusivo del nuevo continente. Varios escritores protestantes observan, que, la santa sede, al hacer la de-