Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/507

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denes. Treinta días después le escribieron de Alniazan (12 de Julio de 1497) [1].

 Todo este tiempo lo tuvo Aguado por suyo para ponerse de acuerdo con el ordenador general de la marina, mostrarle su voluminosa sumaria, añadir de viva voz sus comentarios y preparar álos reyes. No fueron en vano sus esfuerzos, é Isabel, luego de haber oido en multitud de ocasiones las quejas de Pedro Margarit y del P. Boil, pudo recojer los no menos hostiles testimonios de los comendadores Arroyo y Gallego, de Rodrigo Abarca, de micer Girao y de Pedro Navarro, todos de la servidumbre del alcázar y á quienes, de contado, daba crédito.

 Durante el mes que transcurrió entre la llegada de Colon y la respuesta de los reyes, las historias pierden de vista al almirante y solo se sabe que, disgustado de los engaños y flaquezas de la corte y sin tener en cuenta otra cosa que Dios, hubiera querido, desde aquel entonces, separarse del mundo. Y sin reparo á la crítica se dejó crecer la barba, y vistió públicamente el hábito franciscano, un tanto corto, y sobre él el cordón: no estamos muy lejos de pensar que abrigara el pensamiento de seguir á la Rábida á su venerable amigo Fr. Juan Pérez de Marchena que tornaba á sepultarse en ella.

 Desde esta época ya no vuelve á mencionarse al noble protector de Colon. Después de haber sospechado la existencia del nuevo mundo, la misión de su revelador, y cooperado con sus ruegos á su descubrimiento; después de haber tenido el dulce consuelo de contemplar las maravillas del supremo artífice en las nuevas regiones, de ofrecer en ellas, el primero, el santo sacrificio, y de presenciar los grandes é imponentes espectáculos de la naturaleza, entraba en su solitario claustro, donde, olvidado dé los hombres, pero visto de Dios, pro-

  1. Colección diplomática. Original en el archivo del duque de Veragua.