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CAPITULO II.


I.


Medio siglo hacia que, no cabiendo Portugal en sus estrechos límites, buscaba estenderse por los mares, y ya tremolaba su pabellón en muchas islas apartadas de las costas conocidas. No eran estas adquisiciones hijas de los esfuerzos de los reyes, sino de la voluntad de un príncipe que, nacido en las gradas del trono, no tuvo mas ambicion que servir á Dios y á su patria.

Ha dicho muy bien un filósofo francés, que todos los grandes navegantes fueron cristianos, y nosotros añadiremos que el que dio el primer impulso á la navegación en el Océano fué un síncero católico.

Hijo de Juan I el infante don Enrique, duque de Viseo, y gran maestre de la Orden de Cristo, ansiaba procurar á sus caballeros la gloria en este mundo y la felicidad eterna en la otra vida. Siendo muy mozo se había señalado con los africanos al pié de las murallas de Ceuta; pero con los años pensó; á pesar de ser jefe de una caballería instituida para pelear contra los enemigos de la fé de Jesu-Cristo, que mas mérito tenia convertir que aniquilar; someter al dulce yugo de la cruz, que acrecentar por la fuerza los dominios de sus antepasados; y quiso llevar el Evanjelio á los pueblos que vivían en las misteriosas playas del África occidental, logrando ver su divisa francesa Talent de bien faire, esculpida en todas las tierras que se descubrieron bajo sus auspicios.[1]

Edificó un palacio sobre un alto pintoresco de una

  1. Lafiteau. Histoires des découvertes et conquétes des portugais dans le nouveau monde, lib. I, cap. V y VI.