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LA ILÍADA

convocó á los próceres, á cuantos eran caudillos y príncipes de los troyanos, y una vez reunidos les expuso una prudente idea:

303 «¿Quién, por un gran premio, se ofrecerá á llevar al cabo la empresa que voy á decir? La recompensa será proporcionada. Daré un carro y dos corceles de erguido cuello, los mejores que haya en las veleras naves aqueas, al que tenga la osadía de acercarse á las naves de ligero andar—con ello al mismo tiempo ganará gloria—y averigüe si éstas son guardadas todavía, ó los aqueos, vencidos por nuestras manos, piensan en la fuga y no quieren velar porque el cansancio abrumador los rinde.»

313 Tal fué lo que propuso. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos. Había entre los troyanos un cierto Dolón, hijo del divino heraldo Eumedes, rico en oro y en bronce; era de feo aspecto, pero de pies ágiles, y el único hijo varón de su familia con cinco hermanas. Éste dijo entonces á los teucros y á Héctor:

319 «¡Héctor! Mi corazón y mi ánimo valeroso me incitan á acercarme á las naves, de ligero andar, y explorar el campo. Ea, alza el cetro y jura que me darás los corceles y el carro con adornos de bronce que conducen al eximio Pelida. No te será inútil mi espionaje, ni tus esperanzas se verán defraudadas; pues atravesaré todo el ejército hasta llegar á la nave de Agamenón, que es donde deben de haberse reunido los caudillos para deliberar si huirán ó seguirán combatiendo.»

328 Así se expresó. Y Héctor, tomando en la mano el cetro, prestó el juramento: «Sea testigo el mismo Júpiter tonante, esposo de Juno. Ningún otro teucro será llevado por estos corceles, y tú disfrutarás perpetuamente de ellos.»

332 Con tales palabras, jurando lo que no había de cumplirse, animó á Dolón. Éste, sin perder momento, colgó del hombro el corvo arco, vistió una pelicana piel de lobo, cubrió la cabeza con un morrión de piel de comadreja, tomó un puntiagudo dardo, y saliendo del ejército, se encaminó á las naves, de donde no había de volver para darle á Héctor la noticia. Dejó atrás la multitud de carros y hombres, y andaba animoso por el camino. Y Ulises, de jovial linaje, advirtiendo que se acercaba á ellos, habló así á Diomedes:

341 «Ese hombre, Diomedes, viene del ejército; pero ignoro si va como espía á nuestras naves ó se propone despojar algún cadáver de los que murieron. Dejemos que se adelante un poco más por la llanura, y echándonos sobre él le cogeremos fácilmente; y si en correr nos aventajare, apártale del ejército, acometiéndole con la