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LA ILÍADA

de aquéllos y peleaba con la lanza, la espada y grandes piedras; solamente evitaba el encuentro con Ayax Telamonio, porque Jove se irritaba contra él siempre que combatía con un guerrero más valiente.

544 El padre Júpiter, que tiene su trono en las alturas, infundió temor en Ayax y éste se quedó atónito, se echó á la espalda el escudo formado por siete boyunos cueros, paseó su mirada por la turba, como una fiera, y retrocedió volviéndose con frecuencia y andando á paso lento. Como los canes y pastores ahuyentan del boíl á un tostado león, y vigilando toda la noche, no le dejan llegar á los pingües bueyes; y el león, ávido de carne, acomete furioso y nada consigue, porque caen sobre él multitud de venablos arrojados por robustas manos y encendidas teas que le dan miedo, y cuando empieza á clarear el día, se marcha la fiera con ánimo afligido; así Ayax se alejaba entonces de los teucros, contrariado y con el corazón entristecido, porque temía mucho por las naves aqueas. De la suerte que un tardo asno se acerca á un campo, y venciendo la resistencia de los niños que rompen en sus espaldas muchas varas, penetra en él y destroza las crecidas mieses; los muchachos lo apalean; pero, como su fuerza es poca, sólo consiguen echarlo con trabajo, después que se ha hartado de comer; de la misma manera los animosos troyanos y sus auxiliares venidos de lejas tierras perseguían al gran Ayax, hijo de Telamón, y le golpeaban el escudo con las lanzas. Ayax unas veces mostraba su impetuoso valor, y revolviendo detenía las falanges de los teucros, domadores de caballos; otras, tornaba á huir; y moviéndose con furia entre los teucros y los aqueos, conseguía que los enemigos no se encaminasen á las naves. Las lanzas que manos audaces despedían, se clavaban en el gran escudo ó caían en el suelo delante del héroe, codiciosas de su carne.

575 Cuando Eurípilo, preclaro hijo de Evemón, vió que Ayax estaba tan abrumado por los tiros, se colocó á su lado, arrojó la reluciente lanza y se la clavó en el hígado, debajo del diafragma, á Apisaón Fausíada, pastor de hombres, dejándole sin vigor las rodillas. Corrió en seguida hacia él y se puso á quitarle la armadura. Pero advirtiólo Alejandro, y disparando la ballesta contra Eurípilo logró herirle en el muslo derecho: la caña de la saeta se rompió, quedó colgando y apesgaba el muslo del guerrero. Éste retrocedió al grupo de sus amigos, para evitar la muerte; y dando grandes voces, decía á los dánaos: