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LA ILÍADA

y una gregal vaca á Minerva, la de los brillantes ojos; cenamos sin romper las filas, y dormimos, con la armadura puesta, á orillas del río. Los magnánimos epeos estrechaban el cerco de la ciudad, deseosos de destruirla; pero antes de lograrlo se les presentó una gran acción de guerra. Cuando el resplandeciente sol apareció en lo alto, trabamos la batalla, después de orar á Júpiter y á Minerva. Y en la lucha de los pilios con los epeos, fuí el primero que mató á un hombre, al belicoso Mulio, cuyos solípedos corceles me llevé. Era este guerrero yerno de Augías, por estar casado con la rubia Agamede, la hija mayor, que conocía cuantas drogas produce la vasta tierra. Y acercándome á él, le envasé la broncínea lanza, le derribé en el polvo, salté á su carro y me coloqué entre los combatientes delanteros. Los magnánimos epeos huyeron en desorden, aterrorizados de ver en el suelo al hombre que mandaba á los que combatían en carros y tan fuerte era en la batalla. Lancéme á ellos cual obscuro torbellino; tomé cincuenta carros, venciendo con mi lanza y haciendo morder la tierra á los dos guerreros que en cada uno venían; y hubiera matado á entrambos Molíones Actóridas, si su padre, el poderoso Neptuno, que conmueve la tierra, no los hubiese salvado, envolviéndolos en espesa niebla y sacándolos del combate. Entonces Júpiter concedió á los pilios una gran victoria. Perseguimos á los eleos por la espaciosa llanura, matando hombres y recogiendo magníficas armas, hasta que nuestros corceles nos llevaron á Buprasio, la roca Olenia y Alisio, al sitio llamado la colina, donde Minerva hizo que el ejército se volviera. Allí dejé tendido al último hombre que maté. Cuando desde Buprasio dirigieron los aqueos los rápidos corceles á Pilos, todos daban gracias á Júpiter entre los dioses y á Néstor entre los hombres. Tal era yo entre los guerreros, si todo no ha sido un sueño.—Pero del valor de Aquiles sólo se aprovechará él mismo, y creo que ha de ser grandísimo su llanto cuando el ejército perezca. ¡Oh amigo! Menetio te hizo un encargo el día en que te envió desde Ptía á Agamenón; estábamos en el palacio con el divino Ulises y oímos cuanto aquél te dijo. Nosotros, que entonces reclutábamos tropas en la fértil Acaya, habíamos llegado al palacio de Peleo, que abundaba de gente, donde encontramos al héroe Menetio, á ti y á Aquiles. Peleo, el anciano jinete, quemaba dentro del patio pingües muslos de buey en honor de Júpiter, que se complace en lanzar rayos; y con una copa de oro vertía el negro vino en la ardiente llama, mientras vosotros preparabais la carne de los bueyes. Nos detuvimos en el vestíbulo; Aquiles se levantó sorprendido, y