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CANTO UNDÉCIMO

dad de Neleo, y éste se alegró en su corazón de que me correspondiera una gran parte, á pesar de ser yo tan joven cuando fuí al combate. Al alborear, los heraldos pregonaron con voz sonora que se presentaran todos aquellos á quienes se les debía algo en la divina Élide, y los caudillos pilios repartieron el botín. Con muchos de nosotros estaban en deuda los epeos, pues como en Pilos éramos pocos, nos ofendían; y en años anteriores había venido el fornido Hércules, que nos maltrató y dió muerte á los principales ciudadanos. De los doce hijos de Neleo, tan sólo yo quedé con vida; todos los demás perecieron. Engreídos los epeos, de broncíneas lorigas, por tales hechos, nos insultaban y urdían contra nosotros inicuas acciones.—El anciano Neleo tomó entonces un rebaño de bueyes y otro de trescientas cabras con sus pastores, por la gran deuda que tenía que cobrar en la divina Élide: había enviado cuatro corceles, vencedores en anteriores juegos, uncidos á un carro, para aspirar al premio de la carrera, el cual consistía en un trípode. Y Augías, rey de hombres, se quedó con ellos y despidió al auriga, que se fué triste por lo ocurrido. Airado por tales insultos y acciones, el anciano escogió muchas cosas y dió lo restante al pueblo, encargando que se distribuyera y que nadie se viese privado de su respectiva porción. Hecho el reparto, ofrecimos en la ciudad sacrificios á los dioses.—Tres días después se presentaron muchos epeos con carros tirados por solípedos caballos y toda la hueste reunida; y entre sus guerreros figuraban ambos Molíones, que entonces eran niños y no habían mostrado aún su impetuoso valor. Hay una ciudad llamada Trioesa, en la cima de un monte contiguo al Alfeo, en los confines de la arenosa Pilos: los epeos quisieron destruirla y la sitiaron. Mas así que hubieron atravesado la llanura, Minerva descendió presurosa del Olimpo, cual nocturna mensajera, para que tomáramos las armas, y no halló en Pilos un pueblo indolente, pues todos sentíamos vivos deseos de combatir. Á mí, Neleo no me dejaba vestir las armas y me escondió los caballos, no teniéndome por suficientemente instruído en las cosas de la guerra. Y con todo eso, sobresalí, siendo infante, entre los nuestros, que combatían en carros; pues fué Minerva la que me llevó al combate. Hay un río nombrado Minieo, que desemboca en el mar cerca de Arena: allí los caudillos de los pilios aguardamos que apareciera la divinal Aurora, y en tanto afluyeron los infantes. Reunidos todos y vestida la armadura, marchamos, llegando al mediodía á la sagrada corriente del Alfeo. Hicimos hermosos sacrificios al prepotente Júpiter, inmolamos un toro al Alfeo, otro á Neptuno