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LA ILÍADA

de su viaje, á Egas; allí, en las profundidades del mar, tenía palacios magníficos, de oro, resplandecientes é indestructibles. Luego que hubo llegado, unció al carro un par de corceles de cascos de bronce y áureas crines que volaban ligeros; y seguidamente envolvió su cuerpo en dorada túnica, tomó el látigo de oro hecho con arte, subió al carro y lo guió por cima de las olas. Debajo saltaban los cetáceos, que salían de sus latebras reconociendo al rey; el mar abría, gozoso, sus aguas, y los ágiles caballos con apresurado vuelo, sin dejar que el eje de bronce se mojara, conducían á Neptuno hacia las naves aqueas.

32 Hay una vasta gruta en lo hondo del profundo mar entre Ténedos y la escabrosa Imbros; y al llegar á la misma, Neptuno, que bate la tierra, detuvo los bridones, desunciólos del carro, dióles á comer un pasto divino, púsoles en los pies trabas de oro indestructibles é indisolubles, para que sin moverse de aquel sitio aguardaran su regreso, y se fué al ejército de los aquivos.

39 Los teucros, semejantes á una llama ó á una tempestad y poseídos de marcial furor, seguían apiñados á Héctor Priámida con alboroto y vocerío; y tenían esperanzas de tomar las naves y matar entre las mismas á todos los aqueos.

43 Mas Neptuno, que ciñe y bate la tierra, asemejándose á Calcas en el cuerpo y en la voz infatigable, incitaba á los argivos desde que salió del profundo mar, y dijo á los Ayaces, que ya estaban deseosos de combatir:

47 «¡Ayaces! Vosotros salvaréis á los aqueos si os acordáis de vuestro valor y no de la fuga horrenda. No me ponen en cuidado las audaces manos de los teucros que asaltaron en tropel la gran muralla, pues á todos resistirán los aqueos, de hermosas grebas; pero es de temer, y mucho, que padezcamos algún daño en esta parte donde aparece á la cabeza de los suyos el rabioso Héctor, semejante á una llama, el cual blasona de ser hijo del prepotente Júpiter. Una deidad levante el ánimo en vuestro pecho para resistir firmemente y exhortar á los demás; con esto podríais rechazar á Héctor de las naves, de ligero andar, por furioso que estuviera y aunque fuese el mismo Olímpico quien le instigara.»

59 Dijo así Neptuno, que ciñe y bate la tierra; y tocando á entrambos con el cetro, llenóles de fuerte vigor y agilitóles todos los miembros y especialmente los pies y las manos. Y como el gavilán de ligeras alas se arroja desde altísima y abrupta peña, enderezando el vuelo á la llanura para perseguir á un ave; de aquel modo apar-