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LA ILÍADA

sean perseguidos continuamente desde las naves, hasta que los aqueos tomen la excelsa Ilión. Y no cesará mi enojo, ni dejaré que ningún inmortal socorra á los dánaos, mientras no se cumpla el voto del Pelida, como lo prometí, asintiendo con la cabeza, el día en que Tetis abrazó mis rodillas y me suplicó que honrase á Aquiles, asolador de ciudades.»

78 De tal suerte habló. Juno, la diosa de los níveos brazos, no fué desobediente, y pasó de los montes ideos al vasto Olimpo. Como corre veloz el pensamiento del hombre que habiendo viajado por muchas tierras, las recuerda en su reflexivo espíritu, y dice estuve aquí ó allí y revuelve en la mente muchas cosas, tan rápida y presurosa volaba la venerable Juno, y pronto llegó al excelso Olimpo. Los dioses inmortales, que se hallaban reunidos en el palacio de Júpiter, levantáronse al verla y le ofrecieron copas de néctar. Y Juno aceptó la que le presentaba Temis, la de hermosas mejillas, que fué la primera que corrió á su encuentro, y le dijo estas aladas palabras:

90 «¡Juno! ¿Por qué vienes con esa cara de espanto? Sin duda te atemorizó tu esposo, el hijo de Saturno.»

92 Respondióle Juno, la diosa de los níveos brazos: «No me lo preguntes, diosa Temis; tú misma sabes cuán soberbio y despiadado es el ánimo de Jove. Preside tú en el palacio el festín de los dioses, y oirás con los demás inmortales qué desgracias anuncia Júpiter; figúrome que nadie, sea hombre ó dios, se regocijará en el alma por más alegre que esté en el banquete.»

100 Dichas estas palabras, sentóse la venerable Juno. Afligiéronse los dioses en la morada de Júpiter. Aquélla, aunque con la sonrisa en los labios, no mostraba alegría en la frente, sobre las negras cejas. É indignada, exclamó:

104 «¡Cuán necios somos los que tontamente nos irritamos contra Júpiter! Queremos acercarnos á él y contenerle con palabras ó por medio de la violencia; y él, sentado aparte, ni nos hace caso, ni se preocupa, porque dice que en fuerza y poder es muy superior á todos los dioses inmortales. Por tanto, sufrid los infortunios que respectivamente os envíe. Creo que al impetuoso Marte le ha ocurrido ya una desgracia; pues murió en la pelea Ascálafo, á quien amaba sobre todos los hombres y reconocía por su hijo.»

113 Así habló. Marte bajó los brazos, golpeóse los muslos, y suspirando dijo:

115 «No os irritéis conmigo, vosotros los que habitáis olímpicos palacios, si voy á las naves aqueas para vengar la muerte de mi hi-