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LA ILÍADA

atravesado por el agudo bronce, con los pies hacia el vestíbulo y rodeado de amigos que le lloran. Por esto, ni regalos ni banquetes interesan á mi espíritu, sino tan sólo la matanza, la sangre y el triste gemir de los guerreros.»

215 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más valiente de todos los aquivos! Eres más fuerte que yo y me superas no poco en el manejo de la lanza; pero te aventajo mucho en el pensar, porque nací antes y mi experiencia es mayor. Acceda, pues, tu corazón á lo que voy á decir. Pronto se cansan los hombres de pelear, si, haciendo caer el bronce muchas espigas al suelo, la mies es escasa porque Júpiter, el árbitro de la guerra humana, inclina al otro lado la balanza. No es justo que los aqueos lloren al muerto con el vientre, pues siendo tantos los que sucumben unos en pos de otros todos los días, ¿cuándo podríamos respirar sin pena? Se debe enterrar con ánimo firme al que muere y llorarle un día, y luego cuantos hayan escapado del combate funesto piensen en comer y beber para vestir otra vez el indomable bronce y pelear continuamente y con más tesón aún contra los enemigos. Ningún guerrero deje de salir aguardando otra exhortación, que para su daño la esperará quien se quede junto á las naves argivas. Vayamos todos juntos y excitemos al cruel Marte contra los teucros, domadores de caballos.»

238 Dijo; mandó que le siguiesen los hijos de Néstor, Meges Filida, Toante, Meriones, Licomedes Creontíada y Melanipo, y encaminóse con ellos á la tienda de Agamenón Atrida. Y apenas hecha la proposición, ya estaba cumplida. Lleváronse de la tienda los siete trípodes que el Atrida había ofrecido, veinte calderas relucientes y doce caballos; é hicieron salir siete mujeres, diestras en primorosas labores, y á Briseida, la de hermosas mejillas, que fué la octava. Al volver, Ulises iba delante con los diez talentos de oro que él mismo había pesado, y le seguían los jóvenes aqueos con los presentes. Pusiéronlo todo en medio de la junta, y alzóse Agamenón, teniendo á su lado á Taltibio, cuya voz parecía la de una deidad, sujetando con la mano á un jabalí. El Atrida sacó el cuchillo que llevaba colgado junto á la gran vaina de la espada, cortó por primicias algunas cerdas del jabalí y oró, levantando las manos á Júpiter; y todos los argivos, sentados en silencio y en buen orden, escuchaban las palabras del rey. Éste, alzando los ojos al anchuroso cielo, hizo esta plegaria:

258 «Sean testigos Júpiter, el más excelso y poderoso de los dioses, y luego la Tierra, el Sol y las Furias que debajo de la tierra casti-