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LA ILÍADA

305 «Yo os ruego, si es que alguno de mis compañeros quiere obedecerme aún, que no me invitéis á saciar el deseo de comer ó de beber; porque un grave dolor se apodera de mí. Aguardaré hasta la puesta del sol y soportaré la fatiga.»

309 Cuando esto hubo dicho, despidió á los reyes, y sólo se quedaron los dos Atridas, el divino Ulises, Néstor, Idomeneo y el anciano Fénix para distraer á Aquiles, que estaba profundamente afligido. Pero nada podía alegrar el corazón del héroe, mientras no entrara en sangriento combate. Y acordándose de Patroclo, daba hondos y frecuentes suspiros, y así decía:

315 «En otro tiempo, tú, infeliz, el más amado de los compañeros, me servías en esta tienda, diligente y solícito, el agradable desayuno cuando los aqueos se daban prisa por trabar el luctuoso combate con los teucros, domadores de caballos. Y ahora yaces, atravesado por el bronce, y yo estoy ayuno de comida y de bebida, á pesar de no faltarme, por la soledad que de ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni que supiera que ha muerto mi padre, el cual quizás llora allá en Ptía por no tener á su lado un hijo como yo, mientras peleo con los teucros en país extranjero á causa de la odiosa Helena; ni que falleciera mi hijo amado que se cría en Esciros, si el deiforme Neoptólemo vive todavía. Antes el corazón abrigaba en mi pecho la esperanza de que solo yo perecería en Troya, y de que tú, volviendo á Ptía, irías en una veloz nave negra á Esciros, recogerías á mi hijo y le mostrarías todos mis bienes: las posesiones, los esclavos y el palacio de elevado techo. Porque me figuro que Peleo ya no existe; y si le queda un poco de vida, estará afligido, se verá abrumado por la odiosa vejez y temerá siempre recibir la triste noticia de mi muerte.»

338 Así dijo, llorando, y los caudillos gimieron, porque cada uno se acordaba de aquellos á quienes había dejado en su respectivo palacio. El Saturnio, al verlos sollozar, se compadeció de ellos, y al instante dirigió á Minerva estas aladas palabras:

342 «¡Hija mía! Desamparas de todo en todo á ese eximio varón. ¿Acaso tu espíritu ya no se cuida de Aquiles? Hállase junto á las naves de altas popas, llorando á su compañero amado; los demás se fueron á comer, y él sigue en ayunas y sin probar bocado. Ea, ve y derrama en su pecho un poco de néctar y ambrosía para que el hambre no le atormente.»

349 Con tales palabras instigóle á hacer lo que ella misma deseaba. Minerva emprendió el vuelo, cual si fuese un halcón de anchas alas