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CANTO VIGÉSIMO

posible recorrer un campo de batalla tan vasto y combatir en todas partes. En lo que puedo hacer con mis manos, mis pies ó mi fuerza, no me muestro remiso. Entraré por todos lados en las hileras de las falanges enemigas, y me figuro que no se alegrarán los teucros que á mi lanza se acerquen.»

364 Con estas palabras los animaba. También el esclarecido Héctor exhortaba á los teucros, dando gritos, y aseguraba que saldría al encuentro de Aquiles:

366 «¡Animosos teucros! ¡No temáis al Pelida! Yo de palabra combatiría hasta con los inmortales; pero es difícil hacerlo con la lanza, siendo, como son, mucho más fuertes. Aquiles no llevará al cabo todo cuanto dice, sino que en parte lo cumplirá y en parte lo dejará á medio hacer. Iré á encontrarle, aunque por sus manos sea semejante á la llama; sí, aunque por sus manos se parezca á la llama, y por su fortaleza al reluciente hierro.»

373 Con tales voces los excitaba. Los teucros calaron las lanzas; trabóse el combate y se produjo gritería, y entonces Febo Apolo se acercó á Héctor y le dijo:

376 «¡Héctor! No te adelantes para luchar con Aquiles; espera su acometida mezclado con la muchedumbre, confundido con la turba. No sea que consiga herirte desde lejos con arma arrojadiza, ó de cerca con la espada.»

379 Así habló. Héctor se fué, amedrentado, por entre la multitud de guerreros apenas acabó de oir las palabras del dios. Aquiles, con el corazón revestido de valor y dando horribles gritos, arremetió á los teucros, y empezó por matar al valeroso Ifitión Otrintida, caudillo de muchos hombres, á quien una ninfa náyade había tenido de Otrinteo, asolador de ciudades, en el opulento pueblo de Hida, al pie del nevado Tmolo: el divino Aquiles acertó á darle con la lanza en medio de la cabeza, cuando arremetía contra él, y se la dividió en dos partes. El teucro cayó con estrépito, y el divino Aquiles se glorió diciendo:

389 «¡Yaces en el suelo, Otrintida, el más portentoso de todos los hombres! En este lugar te sorprendió la muerte; á ti, que habías nacido á orillas del lago Gigeo, donde tienes la heredad paterna, junto al Hilo, abundante en peces, y el Hermo voraginoso.»

393 Tan jactanciosamente habló. Las tinieblas cubrieron los ojos de Ifitión, y los carros de los aqueos lo despedazaron con las llantas de sus ruedas en el primer reencuentro. Aquiles hirió, después, en la sien, atravesándole el casco de broncíneas carrilleras, á Demo-