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LA ILÍADA

las cóncavas naves, y te he quebrado las rodillas. Á ti los perros y las aves te despedazarán ignominiosamente, y á Patroclo los aqueos le harán honras fúnebres.»

336 Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremolante casco: «Te lo ruego por tu alma, por tus rodillas y por tus padres: ¡No permitas que los perros me despedacen y devoren junto á las naves aqueas! Acepta el bronce y el oro que en abundancia te darán mi padre y mi veneranda madre, y entrega á los míos el cadáver para que lo lleven á mi casa, y los troyanos y sus esposas lo pongan en la pira.»

344 Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el de los pies ligeros: «No me supliques, ¡perro!, por mis rodillas ni por mis padres. Ojalá el furor y el coraje me incitaran á cortar tus carnes y á comérmelas crudas. ¡Tales agravios me has inferido! Nadie podrá apartar de tu cabeza á los perros, aunque me den diez ó veinte veces el debido rescate y me prometan más, aunque Príamo Dardánida ordene redimirte á peso de oro; ni aun así, la veneranda madre que te dió á luz te pondrá en un lecho para llorarte, sino que los perros y las aves de rapiña destrozarán tu cuerpo.»

355 Contestó, ya moribundo, Héctor, el de tremolante casco: «Bien te conozco, y no era posible que te persuadiese, porque tienes en el pecho un corazón de hierro. Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera de los dioses, el día en que Paris y Febo Apolo te harán perecer, no obstante tu valor, en las puertas Esceas.»

361 Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma voló de los miembros y descendió al Orco, llorando su suerte, porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven. Y el divino Aquiles le dijo, aunque muerto le viera:

365 «¡Muere! Y yo perderé la vida cuando Júpiter y los demás dioses inmortales dispongan que se cumpla mi destino.»

367 Dijo; arrancó del cadáver la broncínea lanza y, dejándola á un lado, quitóle de los hombros las ensangrentadas armas. Acudieron presurosos los demás aqueos, admiraron todos el continente y la arrogante figura de Héctor y ninguno dejó de herirle. Y hubo quien, contemplándole, habló así á su vecino:

373 «¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando en dejarse palpar que cuando incendió las naves con el ardiente fuego.»

375 Así algunos hablaban, y acercándose le herían. El divino Aquiles, ligero de pies, tan pronto como hubo despojado el cadáver, se puso en medio de los aqueos y pronunció estas aladas palabras:

378 «¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Ya que los