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LA ILÍADA

fenicios, después de llevarla por el sombrío ponto de puerto en puerto, se la regalaron á Toante; más tarde, Euneo Jasónida la dió al héroe Patroclo para rescatar á Licaón, hijo de Príamo; y entonces, Aquiles la ofreció como premio, en honor del difunto amigo, al que fuese más veloz en correr con los pies ligeros. Para el que llegase el segundo señaló un buey corpulento y pingüe y para el último, medio talento de oro. Y estando en pie, dijo á los argivos:

753 «Levantaos, los que hayáis de entrar en esta lucha.»

754 Así habló. Levantóse al instante el veloz Ayax de Oileo, después el ingenioso Ulises, y por fin Antíloco, hijo de Néstor, que en la carrera vencía á todos los jóvenes. Pusiéronse en fila y Aquiles les indicó la meta. Empezaron á correr desde el sitio señalado, y el hijo de Oileo se adelantó á los demás, aunque el divino Ulises le seguía de cerca. Cuanto dista del pecho el huso que una mujer de hermosa cintura revuelve en su mano, mientras devana el hilo de la trama, y tiene constantemente junto al seno; tan inmediato á Ayax corría Ulises: pisaba las huellas de aquél antes de que el polvo cayera en torno de las mismas y le echaba el aliento á la cabeza, corriendo siempre con suma rapidez. Todos los aqueos aplaudían los esfuerzos que realizaba Ulises por el deseo de alcanzar la victoria, y le animaban con sus voces. Mas cuando les faltaba poco para terminar la carrera, Ulises oró en su corazón á Minerva, la de los brillantes ojos:

770 «Óyeme, diosa, y ven á socorrerme propicia, dando á mis pies más ligereza.»

771 Tal fué su plegaria. Palas Minerva le oyó, y agilitóle los miembros todos y especialmente los pies y las manos. Ya iban á coger el premio, cuando Ayax, corriendo, dió un resbalón—pues Minerva quiso perjudicarle—en el lugar que habían llenado de estiércol los bueyes mugidores sacrificados por Aquiles, el de los pies ligeros, en honor de Patroclo; y el héroe llenóse de boñiga la boca y las narices. El divino y paciente Ulises, le pasó delante y se llevó la cratera; y el preclaro Ayax se detuvo, tomó el buey silvestre, y, asiéndolo por el asta, mientras escupía la bosta, habló así á los argivos:

782 «¡Oh dioses! Una diosa me dañó los pies; aquella que desde antiguo acorre y favorece á Ulises cual una madre.»

784 Así dijo, y todos rieron con gusto. Antíloco recibió, sonriente, el último premio; y dirigió estas palabras á los argivos:

787 «Os diré, argivos, aunque todos lo sabéis, que los dioses honran á los hombres de más edad, hasta en los juegos. Ayax es un