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LA ILÍADA

pastores y labradores no tendrán que ir por hierro á la ciudad.»

836 Así habló. Levantóse en seguida el intrépido Polipetes; después, el vigoroso Leonteo, igual á un dios; más tarde, Ayax Telamonio, y por fin, el divino Epeo. Pusiéronse en fila, y el divino Epeo cogió la bola y la arrojó, después de voltearla; y todos los aquivos se rieron. La tiró el segundo, Leonteo, vástago de Marte. Ayax Telamonio la despidió también, con su robusta mano, y logró pasar las señales de los anteriores tiros. Tomóla entonces el intrépido Polipetes y cuanta es la distancia á que llega el cayado cuando lo lanza el pastor y voltea por cima de la vacada, tanto pasó la bola el espacio del circo; aplaudieron los aqueos, y los amigos de Polipetes, levantándose, llevaron á las cóncavas naves el premio que su rey había ganado.

850 Luego sacó Aquiles azulado hierro para los arqueros, colocando en el circo diez hachas grandes y otras diez pequeñas. Clavó en la arena, á lo lejos, un mástil de navío después de atar en su punta, por el pie y con delgado cordel, una tímida paloma; é invitóles á tirarle saetas, diciendo: El que hiera á la tímida paloma, llévese á su casa las hachas grandes; el que acierte á dar en la cuerda sin tocar al ave, como más inferior, tomará las hachas pequeñas.»

859 Así dijo. Levantóse en seguida el robusto Teucro y luego Meriones, esforzado escudero de Idomeneo. Echaron dos suertes en un casco de bronce, y, agitándolas, salió primero la de Teucro. Éste arrojó al momento y con vigor una flecha, sin ofrecer á Apolo una hecatombe perfecta de corderos primogénitos; y si bien no tocó al ave—negóselo Apolo,—la amarga saeta rompió el cordel muy cerca de la pata por la cual se había atado á la paloma: ésta voló al cielo, el cordel quedó colgando y los aqueos aplaudieron. Meriones arrebató apresuradamente el arco de las manos de Teucro, acercó á la cuerda la flecha que de antemano tenía preparada, votó á Apolo sacrificarle una hecatombe de corderos primogénitos; y viendo á la tímida paloma que daba vueltas allá en lo alto del aire, cerca de las nubes, disparó y le atravesó una de las alas. La flecha vino al suelo, á los pies de Meriones; y el ave, posándose en el mástil del navío de negra proa, inclinó el cuello y abatió las tupidas alas, la vida huyó veloz de sus miembros y aquélla cayó del mástil á lo lejos. La gente lo contemplaba con admiración y asombro. Meriones tomó, por tanto, las diez hachas grandes, y Teucro se llevó á las cóncavas naves las pequeñas.

884 Luego el Pelida sacó y colocó en el circo una larga pica y una caldera no puesta aún al fuego, que era del valor de un buey y es-