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LA ILÍADA

571 Tales fueron sus palabras. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. El Pelida, saltando como un león, salió de la tienda; y no se fué solo, pues le siguieron el héroe Automedonte y Álcimo, que eran los compañeros á quienes más apreciaba después del difunto Patroclo. En seguida desengancharon los caballos y los mulos, introdujeron al heraldo del anciano, haciéndole sentar en una silla, y quitaron del lustroso carro los cuantiosos presentes destinados al rescate de Héctor. Tan sólo dejaron dos palios y una túnica bien tejida, para envolver el cadáver antes que Príamo se lo llevase al palacio. Aquiles llamó entonces á los esclavos y les mandó que lavaran y ungieran el cuerpo de Héctor, trasladándolo á otra parte para que Príamo no lo advirtiese; no fuera que, afligiéndose al ver á su hijo, no pudiese reprimir la cólera en su pecho é irritase el corazón de Aquiles, y éste le matara, quebrantando las órdenes de Júpiter. Lavado ya y ungido con aceite, las esclavas lo cubrieron con la túnica y el hermoso palio; después el mismo Aquiles lo levantó y colocó en un lecho, y por fin los compañeros lo subieron al lustroso carro. Y el héroe suspiró y dijo, nombrando á su amigo:

592 «No te enojes conmigo, oh Patroclo, si en el Orco te enteras de que he entregado el cadáver del divino Héctor al padre de este héroe; pues me ha traído un rescate digno, y consagraré á tus manes la parte que te es debida.»

596 Habló así el divino Aquiles y volvió á la tienda. Sentóse en la silla labrada que antes ocupara, de espaldas á la pared, frente á Príamo, y hablóle en estos términos:

599 «Tu hijo, oh anciano, rescatado está, como pedías: yace en un lecho, y cuando asome el día podrás verlo y llevártelo. Ahora pensemos en cenar; pues hasta Níobe, la de hermosas trenzas, se acordó de tomar alimento cuando en el palacio murieron sus doce vástagos: seis hijas y seis hijos florecientes. Á éstos Apolo, airado contra Níobe, los mató disparando el arco de plata; á aquéllas dióles muerte Diana, que se complace en tirar flechas, porque la madre osaba compararse con Latona, la de hermosas mejillas, y decía que ésta sólo había dado á luz dos hijos, y ella había parido muchos; y los de la diosa, no siendo más que dos, acabaron con todos los de Níobe. Nueve días permanecieron tendidos en su sangre, y no hubo quien los enterrara porque el Saturnio había convertido á los hombres en piedras; pero al llegar el décimo, los celestiales dioses los sepultaron. Y Níobe, cuando se hubo cansado de llorar, pensó en el alimento. Hállase actualmente en las rocas de los montes yermos de Sípilo,