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CANTO VIGÉSIMO CUARTO

donde, según dicen, están las grutas de las ninfas que bailan junto al Aqueloo; y aunque convertida en piedra, devora aún los dolores que las deidades le causaron. Mas, ea, cuidemos también nosotros de comer, y más tarde, cuando hayas transportado el hijo á Ilión, podrás hacer llanto sobre el mismo. Y será por ti muy llorado.»

621 Dijo el veloz Aquiles, y levantándose, degolló una cándida oveja; sus compañeros la desollaron y prepararon, la descuartizaron con arte; y cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron cuidadosamente y los retiraron del fuego. Automedonte repartió pan en hermosas canastillas y Aquiles distribuyó la carne. Ellos alargaron la diestra á los manjares que tenían delante; y cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Príamo Dardánida admiró la estatura y el aspecto de Aquiles, pues el héroe parecía un dios; y á su vez, Aquiles admiró á Príamo Dardánida, contemplando su noble rostro y escuchando sus palabras. Y cuando se hubieron deleitado, mirándose el uno al otro, el anciano Príamo, semejante á un dios, dijo el primero:

635 «Permite, oh alumno de Júpiter, que me acueste y disfrute del dulce sueño. Mis ojos no se han cerrado desde que mi hijo murió á tus manos; pues continuamente gimo y devoro pesares innúmeros, revolcándome por el estiércol en el recinto del patio. Ahora he probado la comida y rociado con el negro vino la garganta, lo que desde entonces no había hecho.»

643 Dijo. Aquiles mandó á sus compañeros y á las esclavas que pusieran camas debajo del pórtico, las proveyesen de hermosos cobertores de púrpura, extendiesen tapetes encima de ellos y dejasen afelpadas túnicas para abrigarse. Las esclavas salieron de la tienda llevando sendas hachas encendidas; y aderezaron diligentemente dos lechos. Y Aquiles, el de los pies ligeros, dijo en tono burlón á Príamo:

650 «Acuéstate fuera de la tienda, anciano querido; no sea que alguno de los caudillos aqueos venga, como suelen, á consultarme sobre sus proyectos; si alguno de ellos te viera durante la veloz y obscura noche, podría decirlo á Agamenón, pastor de pueblos, y quizás se diferiría la entrega del cadáver. Mas, ea, habla y dime con sinceridad cuántos días quieres para hacer honras al divino Héctor; y durante este tiempo permaneceré quieto y contendré al ejército.»

659 Respondióle el anciano Príamo, semejante á un dios: «Si quieres que yo pueda celebrar los funerales del divino Héctor, obrando como voy á decirte, oh Aquiles, me dejarías complacido. Ya