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LA ILÍADA

748 «¡Héctor, el hijo más amado de mi corazón! No puede dudarse de que en vida fueras caro á los dioses, pues no se olvidaron de ti en el trance fatal de tu muerte. Aquiles, el de los pies ligeros, á los demás hijos míos que logró coger, vendiólos al otro lado del mar estéril, en Samos, Imbros ó Lemnos, de escarpada costa; á ti, después de arrancarte el alma con el bronce de larga punta, te arrastraba muchas veces en torno del sepulcro de su compañero Patroclo, á quien mataste, mas no por esto resucitó á su amigo. Y ahora yaces en el palacio, tan fresco como si acabaras de morir y semejante al que Apolo, el del argénteo arco, mata con sus suaves flechas.»

760 Así habló, derramando lágrimas, y excitó en todos vehemente llanto. Y Helena fué la tercera en dar principio al funeral lamento:

762 «¡Héctor, el cuñado más querido de mi corazón! Mi marido, el deiforme Alejandro, me trajo á Troya, ¡ojalá me hubiera muerto antes!; y en los veinte años que van transcurridos desde que vine y abandoné la patria, jamás he oído de tu boca una palabra ofensiva ó grosera; y si en el palacio me increpaba alguno de los cuñados, de las cuñadas ó de las esposas de aquéllos, ó la suegra—pues el suegro fué siempre cariñoso como un padre,—contenías su enojo, aquietándolos con tu afabilidad y tus suaves palabras. Con el corazón afligido, lloro á la vez por ti y por mí, desgraciada; que ya no habrá en la vasta Troya quien me sea benévolo ni amigo, pues todos me detestan.»

776 Así dijo llorando, y la inmensa muchedumbre prorrumpió en gemidos. Y el anciano Príamo dijo al pueblo:

778 «Ahora, troyanos, traed leña á la ciudad y no temáis ninguna emboscada por parte de los argivos; pues Aquiles, al despedirme en las negras naves, me prometió no causarnos daño hasta que llegue la duodécima aurora.»

782 De este modo les habló. Pronto la gente del pueblo, unciendo á los carros bueyes y mulos, se reunió fuera de la ciudad. Por espacio de nueve días acarrearon abundante leña; y cuando por décima vez apuntó la Aurora, que trae la luz á los mortales, sacaron, con los ojos preñados de lágrimas, el cadáver del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la pira, y le prendieron fuego.

788 Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, congregóse el pueblo en torno de la pira del ilustre Héctor. Y cuando todos se hubieron reunido, apagaron con negro vino la parte de la pira á que la llama había alcanzado; y seguidamente los hermanos y los amigos, gimiendo y corriéndole