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CANTO VIGÉSIMO CUARTO

alegrasteis de que volviese vivo del combate; porque era el regocijo de la ciudad y de todo el pueblo.»

707 Tal dijo, y ningún hombre ni mujer se quedó dentro de los muros. Todos sintieron intolerable dolor y fueron á encontrar cerca de las puertas al que les traía el cadáver. La esposa querida y la veneranda madre, echándose las primeras sobre el carro de hermosas ruedas y tomando en sus manos la cabeza de Héctor, se arrancaban los cabellos; y la turba las rodeaba llorando. Y hubieran permanecido delante de las puertas todo el día, hasta la puesta del sol, derramando lágrimas por Héctor, si el anciano no les hubiese dicho desde el carro:

716 «Haceos á un lado y dejad que pase con las mulas; y una vez lo haya conducido al palacio, os saciaréis de llanto.»

718 Así habló; y ellos, apartándose, dejaron que pasara el carro. Dentro ya del magnífico palacio, pusieron el cadáver en un torneado lecho é hicieron sentar á su alrededor cantores que entonaran el treno: éstos cantaban con voz lastimera, y las mujeres respondían con gemidos. Y en medio de ellas Andrómaca, la de níveos brazos, que sostenía con las manos la cabeza de Héctor, matador de hombres, dió comienzo á las lamentaciones, exclamando:

725 «¡Esposo mío! Saliste de la vida cuando aún eras joven, y me dejas viuda en el palacio. El hijo que nosotros ¡infelices! hemos engendrado, es todavía infante y no creo que llegue á la juventud; antes será la ciudad arruinada desde su cumbre. Porque has muerto tú que eras su defensor, el que la salvaba, el que protegía á las venerables matronas y á los tiernos infantes. Pronto se las llevarán en las cóncavas naves y á mí con ellas. Y tú, hijo mío, ó me seguirás y tendrás que ocuparte en viles oficios, trabajando en provecho de un amo cruel; ó algún aqueo te cogerá de la mano y te arrojará de lo alto de una torre, ¡muerte horrenda!, irritado porque Héctor le matara el hermano, el padre ó el hijo; pues muchos aqueos mordieron la vasta tierra á manos de Héctor. No era blando tu padre en la funesta batalla, y por esto le lloran todos en la ciudad. ¡Oh Héctor! Has causado á tus padres llanto y dolor indecibles, pero á mí me aguardan las penas más graves. Ni siquiera pudiste, antes de morir, tenderme los brazos desde el lecho, ni hacerme saludables advertencias que hubiera recordado siempre, de noche y de día, con lágrimas en los ojos.»

746 Esto dijo llorando, y las mujeres gimieron. Y entre ellas, Hécuba empezó á su vez el funeral lamento: