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LA ILÍADA

220 Mientras se ocupaban en curar á Menelao, valiente en la pelea, llegaron las huestes de los escudados teucros; vistieron aquéllos la armadura, y ya sólo en batallar pensaron.

223 Entonces no hubieras visto que el divino Agamenón se durmiera, temblara ó rehuyera el combate; pues iba presuroso á la lid, donde los varones alcanzan gloria. Dejó los caballos y el carro de broncíneos adornos—Eurimedonte, hijo de Ptolomeo Piraída, se quedó á cierta distancia con los fogosos corceles,—encargó al auriga que no se alejara por si el cansancio se apoderaba de sus miembros, mientras ejercía el mando sobre aquella multitud de hombres, y empezó á recorrer á pie las hileras de guerreros. Á los dánaos, de ágiles corceles, que se apercibían para la pelea, los animaba diciendo:

234 «¡Argivos! No desmaye vuestro impetuoso valor. El padre Júpiter no protegerá á los pérfidos; como han sido los primeros en faltar á lo jurado, sus tiernas carnes serán pasto de buitres y nosotros nos llevaremos en las naves á sus esposas é hijos cuando tomemos la ciudad.»

240 Á los que veía remisos en marchar al odioso combate, los increpaba con iracundas voces:

242 «¡Argivos que sólo con el arco sabéis combatir, hombres vituperables! ¿No os avergonzáis? ¿Por qué os encuentro atónitos como cervatos que, habiendo corrido por espacioso campo, se detienen cuando ningún vigor queda en su pecho? Así estáis vosotros: pasmados y sin pelear. ¿Aguardáis acaso que los teucros lleguen á la playa donde tenemos las naves de lindas popas, para ver si el Saturnio extiende su mano sobre vosotros?»

250 De tal suerte revistaba, como generalísimo, las filas de guerreros. Andando por entre la muchedumbre, llegó al sitio donde los cretenses vestían las armas con el aguerrido Idomeneo. Éste, semejante á un jabalí por su braveza, se hallaba en las primeras filas, y Meriones enardecía á los soldados de las últimas falanges. Al verlos, el rey de hombres Agamenón se alegró y dijo á Idomeneo con suaves voces:

257 «¡Idomeneo! Te honro de un modo especial entre los dánaos, de ágiles corceles, así en la guerra ú otra empresa, como en el banquete, cuando los próceres argivos beben el negro vino de honor mezclado en las crateras. Á los demás aqueos de larga cabellera se les da su ración; pero tú tienes siempre la copa llena, como yo, y bebes cuanto te place. Corre ahora á la batalla y muestra el denuedo de que te jactas.»

265 Respondióle Idomeneo, caudillo de los cretenses: «¡Atrida!