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CANTO CUARTO

Siempre he de ser tu amigo fiel, como te aseguré y prometí que sería. Pero exhorta á los demás aqueos, de larga cabellera, para que cuanto antes peleemos con los teucros, ya que éstos han roto los pactos. La muerte y toda clase de calamidades les aguardan, por haber sido los primeros en faltar á lo jurado.»

272 Así se expresó, y el Atrida con el corazón alegre pasó adelante. Andando por entre la muchedumbre llegó al sitio donde estaban los Ayaces. Éstos se armaban, y una nube de infantes les seguía. Como el nubarrón, impelido por el céfiro, avanza sobre el mar y se le ve á lo lejos negro como la pez y preñado de tempestad, y el cabrero se estremece al divisarlo desde una altura, y antecogiendo el ganado, lo conduce á una cueva; de igual modo iban al dañoso combate, con los Ayaces, las densas y obscuras falanges de jóvenes ilustres, erizadas de lanzas y escudos. Al verlos, el rey Agamenón se regocijó, y dijo estas aladas palabras:

285 «¡Ayaces, príncipes de los argivos de broncíneas lorigas! Á vosotros—inoportuno fuera exhortaros—nada os encargo, porque ya instigáis al ejército á que pelee valerosamente. Ojalá, ¡padre Júpiter, Minerva, Apolo!, hubiese el mismo ánimo en todos los pechos, pues pronto la ciudad del rey Príamo sería tomada y destruída por nuestras manos.»

292 Cuando así hubo hablado, los dejó y fué hacia otros. Halló á Néstor, elocuente orador de los pilios, ordenando á los suyos y animándolos á pelear, junto con el gran Pelagonte, Alástor, Cromio, el poderoso Hemón y Biante, pastor de hombres. Ponía delante, con los respectivos carros y corceles, á los que desde aquéllos combatían; detrás, á gran copia de valientes peones que en la batalla formaban como un muro, y en medio, á los cobardes para que mal de su grado tuviesen que combatir. Y dando instrucciones á los primeros, les encargaba que sujetaran los caballos y no promoviesen confusión entre la muchedumbre:

303 «Que nadie, confiando en su pericia ecuestre ó en su valor, quiera luchar solo y fuera de las filas con los teucros; que asimismo nadie retroceda; pues con mayor facilidad seríais vencidos. El que caiga del carro y suba al de otro, pelee con la lanza, que es lo mejor. Con tal prudencia y ánimo en el pecho, destruyeron los antiguos muchas ciudades y murallas.»

310 De tal suerte el anciano, diestro desde antiguo en la guerra, les arengaba. Al verle, el rey Agamenón se alegró, y le dijo estas aladas palabras: