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LA ILÍADA

llevó al templo que tenía en la sacra Pérgamo: dentro de éste, Latona y Diana, que se complace en tirar flechas, curaron al héroe y le aumentaron el vigor y la belleza del cuerpo. En tanto Apolo, que lleva arco de plata, formó un simulacro de Eneas y su armadura; y alrededor del mismo, teucros y divinos aqueos chocaban los escudos de cuero de buey y los alados broqueles que los pechos protegían. Y Febo Apolo dijo entonces al furibundo Marte:

455 «¡Marte, Marte, funesto á los mortales, manchado de homicidios, demoledor de murallas! ¿Quieres entrar en la liza y sacar á ese hombre, al Tidida, que sería capaz de combatir hasta con el padre Júpiter? Primero hirió á Ciprina en el puño, y luego, semejante á un dios, cerró conmigo.»

460 Cuando esto hubo dicho, sentóse en la excelsa Pérgamo. El funesto Marte, tomando la figura del ágil Acamante, caudillo de los tracios, enardeció á los que militaban en las filas troyanas y exhortó á los ilustres hijos de Príamo:

464 «¡Hijos del rey Príamo, alumno de Jove! ¿Hasta cuándo dejaréis que el pueblo perezca á manos de los aqueos? ¿Acaso hasta que el enemigo llegue á las sólidas puertas de los muros? Yace en tierra un varón á quien honrábamos como al divino Héctor: Eneas, hijo del magnánimo Anquises. Ea, saquemos del tumulto al valiente amigo.»

470 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Á su vez, Sarpedón reprendía así al divino Héctor:

472 «¡Héctor! ¿Qué se hizo el valor que antes mostrabas? Dijiste que defenderías la ciudad sin tropas ni aliados, solo, con tus hermanos y tus deudos. De éstos á ninguno veo ni descubrir puedo: temblando están como perros en torno de un león, mientras combatimos los que únicamente somos auxiliares. Yo que figuro como tal, he venido de muy lejos, de la Licia, situada á orillas del voraginoso Janto; allí dejé á mi esposa amada, al tierno infante y riquezas muchas que el menesteroso apetece. Mas, sin embargo de esto y de no tener aquí nada que los aqueos puedan llevarse ó apresar, animo á los licios y deseo luchar con ese guerrero; y tú estás parado y ni siquiera exhortas á los demás hombres á que resistan al enemigo y defiendan á sus esposas. No sea que, como si hubierais caído en una red de lino que todo lo envuelve, lleguéis á ser presa y botín de los enemigos, y éstos destruyan vuestra populosa ciudad. Preciso es que te ocupes en ello día y noche y supliques á los caudillos de los auxiliares venidos de lejas tierras, que resistan firmemente y no se hagan acreedores á graves censuras.»