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LA ILÍADA

estando ejercitado en la guerra, de venir á temblar? Mienten cuantos afirman que eres hijo de Júpiter, que lleva la égida, pues desmereces mucho de los varones engendrados en tiempos anteriores por este dios, como dicen que fué mi intrépido padre, el fornido Hércules, de corazón de león; el cual, habiendo venido por los caballos de Laomedonte, con seis solas naves y pocos hombres, consiguió saquear la ciudad y despoblar sus calles. Pero tú eres de ánimo apocado, dejas que las tropas perezcan, y no creo que tu venida de la Licia sirva para la defensa de los troyanos por muy vigoroso que seas; pues vencido por mí, entrarás por las puertas del Orco.»

647 Respondióle Sarpedón, caudillo de los licios: «¡Tlepólemo! Aquél destruyó, con efecto, la sacra Ilión á causa de la perfidia del ilustre Laomedonte, que pagó con injuriosas palabras sus beneficios y no quiso entregarle los caballos por los que viniera de tan lejos. Pero yo te digo que la perdición y la negra muerte de mi mano te vendrán; y muriendo, herido por mi lanza, me darás gloria, y á Plutón, el de los famosos corceles, el alma.»

655 Así dijo Sarpedón y Tlepólemo alzó la lanza de fresno. Las luengas lanzas partieron á un mismo tiempo de las manos. Sarpedón hirió á Tlepólemo: la dañosa punta atravesó el cuello, y las tinieblas de la noche velaron los ojos del guerrero. Tlepólemo dió con su gran lanza en el muslo derecho de Sarpedón: el bronce penetró con ímpetu hasta el hueso, pero todavía Jove libró á su hijo de la muerte.

663 Los ilustres compañeros de Sarpedón, igual á un dios, sacáronle del combate, con la gran lanza que, arrastrando, le apesgaba; pues con la prisa nadie la advirtió ni pensó en arrancársela del muslo, para que pudiera subir al carro. Tanta era la fatiga con que de él cuidaban.

668 Á su vez, los aqueos, de hermosas grebas, se llevaron del campo á Tlepólemo. El divino Ulises, de ánimo paciente, viólo, sintió que se le enardecía el corazón, y revolvió en su mente y en su espíritu si debía perseguir al hijo de Júpiter tonante ó privar de la vida á muchos licios. No le había concedido el hado matar con el agudo bronce al esforzado hijo de Júpiter, y por esto Minerva le inspiró que acometiera á los licios. Mató entonces á Cérano, Alástor, Cromio, Alcandro, Halio, Noemón y Prítanis, y aun á más licios hiciera morir el divino Ulises, si no lo hubiese notado el gran Héctor, de tremolante casco; el cual, cubierto de luciente bronce, se abrió calle por los combatientes delanteros é infundió terror á los dánaos. Holgóse de su llegada Sarpedón, hijo de Júpiter, y profirió estas lastimeras palabras: