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CANTO QUINTO

palomas, impacientes por socorrer á los argivos. Cuando llegaron al sitio donde estaba el fuerte Diomedes, domador de caballos, con los más y mejores de los adalides que parecían carniceros leones ó puercos monteses, cuya fuerza es grande, se detuvieron; y Juno, la diosa de los níveos brazos, tomando el aspecto del magnánimo Esténtor, que tenía vozarrón de bronce y gritaba tanto como cincuenta, exclamó:

787 «¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo por la figura! Mientras el divino Aquiles asistía á las batallas, los teucros, amedrentados por su formidable pica, no pasaban de las puertas dardanias; y ahora combaten lejos de la ciudad, junto á las cóncavas naves.»

792 Con tales palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Minerva, la diosa de los brillantes ojos, fué en busca del hijo de Tideo y le halló junto á su carro y sus corceles, refrescando la herida que Pándaro con una flecha le causara. El sudor le molestaba debajo de la abrazadera del redondo escudo, cuyo peso sentía el héroe; y alzando éste con su cansada mano la correa, se enjugaba la denegrida sangre. La diosa apoyó la diestra en el yugo de los caballos y dijo:

800 «¡Cuán poco se parece á su padre el hijo de Tideo! Era éste de pequeña estatura, pero belicoso. Y aunque no le dejase combatir ni señalarse—como en la ocasión en que, habiendo ido por embajador á Tebas, se encontró lejos de los suyos entre multitud de cadmeos y le dí orden de que banqueteara tranquilo en el palacio,—conservaba siempre su espíritu valeroso; y desafiando á los jóvenes cadmeos, los vencía fácilmente en toda clase de luchas. ¡De tal modo le protegía! Ahora es á ti á quien asisto y defiendo, exhortándote á pelear animosamente con los teucros. Mas, ó el excesivo trabajo de la guerra ha fatigado tus miembros, ó te domina el exánime terror. No, tú no eres hijo del aguerrido Tideo Enida.»

814 Respondióle el fuerte Diomedes: «Te conozco, oh diosa, hija de Júpiter, que lleva la égida. Por esto te hablaré gustoso, sin ocultarte nada. No me domina el exánime terror ni flojedad alguna; pero recuerdo todavía las órdenes que me diste. No me dejabas combatir con los bienaventurados dioses; pero si Venus, hija de Júpiter, se presentara en la pelea, debía herirla con el agudo bronce. Pues bien: ahora retrocedo y he mandado que los argivos se replieguen aquí, porque comprendo que Marte impera en la batalla.»

825 Contestó Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «¡Diomedes