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CANTO QUINTO

el Olimpo te obedecen y acatan; pero á ella no la sujetas con palabras ni con obras, sino que la instigas, por ser tú el padre de esa hija perniciosa que ha movido al insolente Diomedes, hijo de Tideo, á combatir, en su furia, con los inmortales dioses. Primero hirió á Ciprina en el puño, y después, cual si fuese un dios, arremetió contra mí. Si no llegan á salvarme mis ligeros pies, hubiera tenido que sufrir horrores entre espantosos montones de cadáveres, ó quedar inválido, aunque vivo, á causa de las heridas que me hiciera el bronce.»

888 Mirándole con torva faz, respondió Júpiter, que amontona las nubes: «¡Inconstante! No te lamentes, sentado á mi vera, pues me eres más odioso que ningún otro de los dioses del Olimpo. Siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas, y tienes el espíritu soberbio, que nunca cede, de tu madre Juno, á quien apenas puedo dominar con mis palabras. Creo que cuanto te ha ocurrido, lo debes á sus consejos. Pero no permitiré que los dolores te atormenten, porque eres de mi linaje y para mí te parió tu madre. Si, siendo tan perverso, hubieses nacido de algún otro dios, tiempo ha que estarías en un abismo más profundo que el de los hijos de Urano.»

899 Dijo, y mandó á Peón que lo curara. Éste le sanó, aplicándole drogas calmantes; que nada mortal en él había. Como el jugo cuaja la blanca y líquida leche cuando se le mueve rápidamente con ella; con igual presteza curó aquél al furibundo Marte, á quien Hebe lavó y puso magníficas vestiduras. Y el dios se sentó al lado del Saturnio Jove, ufano de su gloria.

907 Juno argiva y Minerva alalcomenia regresaron también al palacio del gran Júpiter, cuando hubieron conseguido que Marte, funesto á los mortales, de matar hombres se abstuviera.