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LA ILÍADA

el pie en el pecho y le arrancó la lanza. Y Néstor animaba á los argivos, dando grandes voces:

67 «¡Amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! Que nadie se quede atrás para recoger despojos y volver, cargado de ellos, á las naves; ahora matemos hombres y luego con más tranquilidad despojaréis en la llanura los cadáveres de cuantos mueran.»

72 Con tales palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Y los teucros hubieran vuelto á entrar en Ilión, acosados por los belicosos aqueos y vencidos por su cobardía, si Heleno Priámida, el mejor de los augures, no se hubiese presentado á Eneas y á Héctor para decirles:

77 «¡Eneas y Héctor! Ya que el peso de la batalla gravita principalmente sobre vosotros entre los troyanos y los licios, porque sois los primeros en toda empresa, ora se trate de combatir, ora de razonar, quedaos aquí, recorred las filas, y detened á los guerreros antes que se encaminen á las puertas, caigan huyendo en brazos de las mujeres y sean motivo de gozo para los enemigos. Cuando hayáis reanimado todas las falanges, nosotros, aunque estamos abatidos, pelearemos con los dánaos porque la necesidad nos apremia. Y tú, Héctor, ve á la ciudad y di á nuestra madre que llame á las venerables matronas; vaya con ellas al templo dedicado á Minerva, la de los brillantes ojos, en la acrópolis; abra la puerta del sacro recinto; ponga sobre las rodillas de la deidad, de hermosa cabellera, el peplo que mayor sea, más lindo le parezca y más aprecie de cuantos haya en el palacio, y le vote sacrificar en el templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si apiadándose de la ciudad y de las esposas y niños de los troyanos, aparta de la sagrada Ilión al hijo de Tideo, feroz guerrero, cuya braveza causa nuestra derrota y á quien tengo por el más esforzado de los aqueos todos. Nunca temimos tanto ni al mismo Aquiles, príncipe de hombres, que es, según dicen, hijo de una diosa. Con gran furia se mueve el hijo de Tideo y en valentía nadie con él se iguala.»

102 Dijo; y Héctor obedeció á su hermano. Saltó del carro al suelo sin dejar las armas; y blandiendo dos puntiagudas lanzas, recorrió el ejército, animóle á combatir y promovió una terrible pelea. Los teucros volvieron la cara y afrontaron á los argivos; y éstos retrocedieron y dejaron de matar, figurándose que algún dios habría descendido del estrellado cielo para socorrer á aquéllos; de tal modo se volvieron. Y Héctor exhortaba á los teucros diciendo en alta voz: