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A la música, al baile, á los conciertos
Que esmaltan y coronan los festines;
Luego al divino Phemio, que en su aurora
Cisne famoso fuera, y que, á despecho,
Ora la indigna turba divertia.
En tanto que el cantor sus trinos suelta,
Con tímidos acentos, y la frente
A la Diosa inclinada por reserva,
Telémaco así dice: « ¡Oh amigo mio!
Perdona el escozor que el pecho oprime:
¡Cítara y cantos!... ¡Oh, poco les cuesta
Entregarse al placer, ellos que impunes,
Devoran el hogar de un desdichado,
Cuya huesa, ya cana y carcomida,
Pudre en estraño suelo, ó va rodando
Al empuje de un mar desconocido!
¡Por qué no vive aun! ¡oh si le vieran
A Ítaca tornar, cuál desearan,
Mas que inmensos tesoros, la presteza
Del ciervo volador! mas ¡ay! no existe,
Y esperanza no resta ni consuelo.
¡Oh! dime tú... no engañes mi terneza,
¿Quién eres? ¿de qué patria? ¿tienes deudos?
¿Cuál nave, cuál piloto te condujo?
¿Cómo llegar á Ítaca pudiste?
Tú sin ausilio tal, nunca alcanzaras
Estas playas pisar de la isla nuestra.
Díme tambien ¡oh! díme sin rebozo
Si esta es la vez primera que aquí vienes;
Si fuiste amigo ó deudo de mi padre;
Pues muchos estrangeros visitaban
Este alcázar, y el padre apresurado,
Tierna hospitalidad les ofrecía. »
— « Sí, responde la Diosa, hablarte debo
Sin fingimiento alguno. Es honra mia
De Anchilao valiente ser el hijo.
Mentes me llamo y soy supremo gefe