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De los Taphienses, pueblo acostumbrado
A usar el remo y recorrer los mares.
En alta nao voy, bien equipada
A Temesés el rumbo dirigiendo;
Fierro la llevo que trocar con cobre.
Descansando en sus áncoras mi nave
Al fin de la isla tuya se guarece
En el puerto de Retro, al pie del Neos
Y de sus vastas selvas al abrigo.
Grata hospitalidad nos unió siempre;
Laertes generoso te lo diga;
Él, pobre anciano, que segun la fama,
Nunca á tu ciudad viene, porque lejos
De los humanos seres, en sus breñas
Vive entre duras penas y congojas,
Con una esclava anciana que el sustento
Pobre y frugal le sirve, cuando vuelve
De recorrer sus vides y sus mieses
Al techo acostumbrado sin aliento.
Tu padre, me dijeron que á sus lares
Ya desde largos dias vuelto habia.
La amistad me guiaba al lado suyo;
Los Dioses, sin embargo, no han querido
Sus brios secundar, y el plazo alargan
De la anhelada vuelta; si, la vuelta.
¡Oh, no! no ha muerto el divinal Ulises.[1]
De vida lleno en medio de las olas,
Sin duda hombres salvages le detienen
En alguna isla agreste a su despecho.
Adivino no soy, ni sé las artes
Que el agorero invoca; mas mi labio

  1. Una de las pruebas mas eficaces de ser esta una composicion hecha á retazos, es este constante anuncio de lo que ha de suceder; lo que quita al ánimo toda la delicia de la sorpresa, y al arte el halagüeño recurso de la peripecia. El romance profetiza; el poema funda en la fluctuacion de la incertidumbre su mérito mas eficaz.