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De llanto amargo: « ¡Oh dulce Phemio dice,
Tú que para ensalmar el pecho humano
Tantas sabes de Dioses y mortales
Acciones desusadas; busca entre ellas
Canciones que mas gozo les procuren
Para que mudos á tus sones beban.
Mas deja... ¡oh deja! el lúgubre argumento
Que el corazon divide... ¡Ulises mio!
Al recordar una cerviz tan cara,
Un héroe en Argo y Grecia tan famoso,
Al ansia siento sucumbir el alma. »
— Mas Telémaco cauto: « ¡Oh madre mía!
Dice ¿por qué su Genio asi contrastas?
No acuses al cantor; los Dioses solos
Su impulso avivan y sus cantos forman.
A Phemio, no, no inculpes los acentos
Con que de Grecia las desdichas canta.
Siempre el hecho reciente mas resalta.
El ánimo recobra, y sin enojo,
A oir sus voces tu valor ensaya.
Solo en perder la patria no fue Ulises;
¡Cuántos mas sepultó de Troya el muro!
Torna á la estancia tuya; las labores,
El huso y rueca vuelvan á la mano;
De tus esclavas el taller gobierna,
El trato con los hombres no codicies,
Y los derechos deja y los cuidados
Al hijo tuyo á quien compete el mando. »
A razones tan sabias é imponentes,
Penélope otra vez vuelve á su estancia,
Aturdida á llorar con sus esclavas.....
A llorar al esposo, al tierno amigo,
Hasta que al fin, Minerva compasiva,
Al dulce sueño el párpado constriñe.
A la vista, a las voces de la reina,
Los rivales se habian levantado.
Ya la bóveda, entonces mas sombría,