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A su paterno hogar, á que sus deudos
Digna dote la den de su terneza.
Hasta que llegue á punto tal, no espere
Que en los hijos de Grecia el odio cese.
A nadie es ya posible amedrentarnos,
Ni á Telémaco audaz, ni á sus arengas.
Tus locas predicciones despreciamos,
Que solo mas odioso hacerte pueden.
¡Oh, sí! devorarémos su fortuna,
Y la devorarémos sin enmienda,
En tanto que Penélope á los griegos
Con tan astutos lazos entretenga.
Todos, de sus virtudes anhelosos,
Por su mano estarémos en contienda;
Y no será que aspiren nuestros votos
Ni puedan dirigirse á otras beldades
Que sin ella tal vez los merecieran. »
— « ¡Oh tú, el hijo de Ulises le responde,
Eurímaco , y vosotros sus rivales!
Ya no saldrán mas ruegos de mis labios
Ni os cansará mi acento. Ya los Dioses
Y con ellos los griegos han oído
Mis lamentos y saben vuestro ultraje.
Mas otorgad al menos á mis ansias
Una nave con veinte remadores
Para que recorrer pueda los mares.
A Esparta iré, y á Pilos, preguntando
A todos los mortales por mi padre;
O bien preguntaré á la voz divina
Que el seno sacro del gran Jove envia,
Para ostentar á los humanos seres
Cuantos misterios su ventura atañen.
Si Ulises vive, si inferir me es dado
Su feliz vuelta, en inquietud ansiosa
Todavía aguardar prometo un año.
Mas si murió, volviendo al patrio techo,
Fundaré un cenotafio á su recuerdo,