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cando uno por uno los huesos sobre aquella. Cuando ya no quedó ninguno, les dí sus relaciones naturales, y empecé á examinarlos metódicamente.

Era el esqueleto de un hombre jóven, como de 23 á 24 años, de estructura fina, de 1.75 próximamente de alto, sano, dientes magníficos, cráneo armónico, y en el que un frenólogo habría reconocido, además de las exteriorizaciones óseas de una inteligencia equilibrada y superior, las eminencias de la veneracion, de la benevolencia, de la destructividad y de la prudencia.

No puedo decir de un esqueleto humano lo que dije del rumor del viento, porque me ha enseñado mucho, y, los mejor dotados, han aprendido más; tengo la conviccion de que otros han aprendido ménos, y algunos.... nada.

El único hueso que le faltaba era la cuarta costilla izquierda, una de las que quedan frente al corazon, —y esta circumstancia trivial me hizo pensar en muchas cosas que no tenian de razonables sino las vaguedades inaccesibles de la posibilidad.

Durante un momento me crucé de brazos, y al pensar en los antecedentes que me revelaba un exámen lijero, se me ocurrió lo que podría haber sido aquel pobre jóven, fino é inteligente, muerto en la flor de la vida, y que, por los azares inextricables de la fatalidad, había dejado su esqueleto para estudio, él que, por la complexion de su cráneo, parecía destinado á brillar en el mundo intelectual.