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TRIBUNA LIBRE

ción civil de la mujer, de que es autor el doctor del Valle Iberlucea. — Ha empezado una activa campaña de propaganda y conferencias y cuenta ya con un importante contingente cle adherentes.

 En Diciembre del mismo ano, varios de los miembros del antiguo Centro Feminista, hoy «Juana Manuela Gorriti», deciden entablar con más vigor su lucha pro-derechos de la mujer.

 Invítase por diarios y circulares a todos los que simpaticen con la idea, a una reunión pública para formar un gran núcleo de acción, y el 4 de Enero de 1919, en el Museo Escolar «Sarmiento», quedó constituída la Asociación que hoy se denomina «Pro-Derechos de la Mujer», y que nació sin sujeción a ningún partido político, a ninguna secta religiosa, a ninguna casta social, y a la cual pude muy bien haberles dicho las siguientes palabras con que inaugurara hace 14 años el antiguo Centro Feminista:

 «Nosotras, en una tierra pródiga y libre, hemos soportado mansamente las cadenas con que códigos y prejuicios limitan nuestra acción y humillan nuestra dignidad de seres conscientes, esperando que la razón y la justicia triunfarían al fin, que el egoísmo irreflexivo de nuestros compañeros no vencería siempre a ese impulso caballesco y noble tan hermoso que caracteriza a los hombres de nuestra patria; que en esta República nueva y progresista, la rutina y el prejuicio no tendrían un soleo duradero.

 Muchas veces nos hemos, preguntado si es justo que las leyes fueran hechas sin consultar nuestro interés tanto como el de los hombres; que todas las decisiones sean tomadas sin contar para nada nuestra opinión, como si fuéramos del todo punto inferiores e inútiles; si es posible que siempre impere la ley del más fuerte y si los seres no alcanzarán nunca el grado de cultura suficiente, para que solo brille la grande, la soberana ley del derecho.

 Hemos estado aprestando nuestras armas en previsión de una lucha, eligiendo entre todas la más poderosa, la que abre todos los caminos: la instrucción. Arma que rudimentaria puso en nuestras manos el genio del inmortal Sarmiento, en forma de su simpática cartilla, a la que hemos añadido el variado y completo arsenal que nos suministra la ciencia moderna, para llegar a pertrecharnos en días no lejanos tan amplia, tan sólidamente como le es dado hacerlo al hombre.

 Hemos respondido siempre con el silencio a todos los ataques de los llamados sabios y sensatos; pero si esos grandes filósofos hubieran podido ver los millares de rostros inteligentes animados ante sus teorías por una sonrisa de despre-