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LA ESTATUA DE SAL

confusión. Había dormido mucho, un sueño negro como el sepulcro. Sufría sin saber por qué, en aquella sumersión de pesadilla. Ese monge acababa de salvarla. Lo sentía. Era lo único daro en su visión reciente. Yel mar... el incendio... la catástrofe...las ciudades ardidas... todo aquello se desvanecía en una clarovidente visión de muerte. Iba á morir. Estaba salvada, pues. Y era el monge quien la había salvado!

Sosistrato temblaba, formidable. Una llama roja incendiaba sus pupilas. El pasado acababa de desvanecerse en él, como si el viento de fuego hubiera barrido su alma. Y sólo este convencimiento ocupaba su conciencia: la mujer de Lot estaba allí! El sol descendía hacia las montañas. Púrpuras de incendio manchaban el horizonte. Los días trágicos revivían en aquel aparato de llamaradas. Era como una resurrección del castigo, reflejándose por segunda vez sobre las aguas del lago amargo. Sosistrato acababa de retroceder en los siglos. Recordaba. Había sido actor en la catástrofe. Y esa mujer... ¡esa mujer le era conocida!

Entonces un ansia espantosa le quemó las carnes. Su lengua habló, dirigiéndose á la espectral resucitada:

—Mujer, respóndeme una sola palabra.

—Habla... pregunta...