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Página:Las Fuerzas Extrañas.djvu/181

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LAS FUERZAS EXTRAÑAS

—Responderás?

—Sí, habla; me has salvado!

Los ojos del anacoreta brillaron, como si en ellos se concentrase el resplandor que incendiaba las montañas.

Mujer, dime que viste cuando tu rostro se volvió para mirar.

Una voz anudada de angustia, le respondió:

—Oh, no... Por Elohim, no quieras saberlo!

—Dime qué viste !

—No... no... Sería el abismo!

—Yo quiero el abismo.

—Es la muerte...

—Dime que viste!

—No puedo... no quiero!

—Yo te he salvado.

—No... no....

El sol acababa de ponerse.

—Habla!

La mujer se aproximó. Su voz parecía cubierta de polvo; se apagaba, se crepusculizaba, agonizando.

—Por las cenizas de tus padres!...

—Habla!

Entonces aquel espectro aproximó su boca al oído del cenobita, y dijo una palabra. Y Sosistrato, fulminado, anonadado, sin arrojar un grito, cayó muerto. Roguemos á Dios por su alma.