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LAS FUERZAS EXTRAÑAS

cho —lo digo sin orgullo— á un busto municipal, con tanta razón como á la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso.

Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve, que comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la servidumbre no daba muestras de notarla.

De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, á la mesa; pero acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había abierto. Ahogámosla en aceite, y fué enviado al lecho sin que pudiera contener sus ayes.

Bruscamente acabó mi apetito, y aunque seguí probando los platos para no desmoralizar á la servidumbre, aquélla se apresuró á corresponderme. El incidente me había desconcertado.

Promediaba la siesta cuando subí nuevamente á la terraza. El suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia aumentara. Comenzaba á tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado á causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciu-