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Página:Las Fuerzas Extrañas.djvu/75

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LAS FUERZAS EXTRAÑAS

y entonces recordaron. Aunque la agonía del caballero fué larga, era indudable que ya estaba muerto. El agá se aproximó y levantó uno de los párpados. La estrellita azul se había apagado en el fondo de la órbita. De la comisura labial, desprendíase un hilo de sangre.

Nadie se atrevió á abofetearle, á pesar de que era la costumbre, porque su sueño apaciguaba con su inmensa blancura. Tendieron simplemente la cruz y empezaron á desclavarle. Pero la mano derecha resistía tanto, que el agá la cortó con su gumía dejándola clavada en el poste. Y como la cruz aquella podía servir para ajusticiar otros perros, resolvieron conservarla en la armería.

La mano permaneció así durante un mes. Nadie se acordaba ya de aquello, cuando el 12 de ju lio de 1099, un emisario sarraceno vino en su caballo moribundo á decir á Abu-Djezzar que los cristianos arrojando escalas sobre los muros de Solima, al rayar la aurora, y encerrados en fuertes ingenios de madera, hacían llover sobre los fieles del Profeta un aguacero de aceite y pez hirviendo.

Abu-Djezzar mandó afilar los alfanjes y descendió á la armería para inspeccionar los arneses de peones y caballeros.

Lucían los hierros en la penumbra de la sala. Había allí lorigas de Egipto, yataganes de Damas-