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LAS FUERZAS EXTRAÑAS

Pero tales fueron las súplicas de la anciana, que como el muchacho la quería tanto, decidió acceder á semejante capricho. La caja era grande, y aunque un poco encogido, no estaría del todo mal. Con gran solicitud fué arreglada en el fondo la cama, metióse él adentro, y la triste viuda tomó asiento al lado del mueble, decidida á pasar la no- che en vela para cerrarlo apenas hubiera la menor señal de peligro.

Calcula ella que sería la medianoche, pues la luna muy baja empezaba á bañar con su luz el aposento, cuando de repente unbultito negro, casi imperceptible, saltó sobre el dintel de la puerta que no se había cerrado por efecto del gran calor. Antonia se estremeció de angustia.

Allí estaba, por fin, el vengativo animal, sentado sobre las patas traseras, como meditando un plan. Qué mal había hecho el joven en reírse! Aquella figurita lúgubre, inmóvil en la puerta llena de luna, se agrandaba extraordinariamente, tomaba proporciones de monstruo. ¿Pero, si no era más que uno de los tantos sapos familiares que entraban cada noche á la casa en busca de insectos? Un momento respiró, sostenida por esta idea. Mas el escuerzo dio de pronto un saltito, después otro, en dirección de la caja. Su intención era manifiesta. No se apresuraba, como si estuviera seguro de