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EDIPO, REY

El Mensajero.—Los habitantes del Istmo, según por allí se dice, van a proclamarle rey.

Yocasta.—¿Pues qué, ya no reina allí el anciano Polibo?

El Mensajero.—No; que la muerte lo ha llevado ya al sepulcro.

Yocasta.—¿Qué dices? ¿Ha muerto Pólibo?

El Mensajero.—Y muera yo si no digo la verdad.

Yocasta.—Muchacha, al amo en seguida corriendo con esta noticia. ¡Oh predicciones de los dioses!, ¿qué es de vosotras? Edipo huyó hace tiempo de este hombre por temor de matarlo; y ahora, ya lo veis, ha muerto por su propia suerte, y no a manos de aquél.

Edipo.—¡Oh queridísima esposa mía Yocasta!, ¿para qué me haces venir aquí desde palacio?

Yocasta.—Oye a este hombre, y considera después de oirle lo que vienen a ser los venerados oráculos de los dioses.

Edipo.—¿Quién es éste y qué me quiere decir?

Yocasta.—Viene de Corinto para anunciarte que tu padre Polibo ya no existe, sino que ha muerto.

Edipo.—¿Qué dices, extranjero? Explícame tú mismo lo que acabas de decir.

El Mensajero.—Si es menester que repita claramente lo que ya he dicho, ten por cierto que aquél ha muerto ya.

Edipo.—¿Cómo? ¿Violentamente o por enfermedad?

El Mensajero.—El menor contratiempo mata a los ancianos.

Edipo.—¿De enfermedad, a lo que parece, ha muerto el pobre?

El Mensajero.—Y, sobre todo, de viejo.

Edipo.—¡Huy, huy! ¿Quién pensará ya, mujer, en consultar el altar profético de Delfos o el graznido de