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TRAGEDIAS DE SÓFOCLES

años, que pondrá término a mi incesante fatiga de blandir la lanza, llevando la ruina sobre la anchurosa Troya, funesto baldón de los helenos? Debía antes haber desaparecido arrebatado por los aires o tragado por el infierno, en donde tantos caben, aquel hombre que enseñó a los griegos la guerra social de odiosas armas. ¡Ay, calamidades, que engendráis calamidades! Aquél, pues, lanzó a los hombres camino de su ruina. Ciertamente él, ni para gozar de las coronas y apurar profundas copas, me proporcionó la satisfacción de reunirme, ni para oir el suave concierto de la flauta, ¡oh desdichado!, ni dormir satisfecho de amor. Del amor, del amor hizo que me abstuviera. ¡Ah, cruel! Y asi yazgo indolentemente, mojándose todas las noches mis cabellos de copioso rocío, recuerdo —que nunca olvidaré— de la perniciosa Troya. Pero antes de ahora, de nocturno temor y de enemiga flecha era mi defensa el impetuoso Áyax; mas ahora yace envuelto en horrible muerte. ¿Cuál será, pues, mi gozo? Ojalá me encontrase donde yace silvoso promontorio bañado por el mar, al pie de la alta meseta de Sunio, para poder saludar a la veneranda Atenas.

Teucro.— Y en verdad que me apresuré al ver que venía hacia aquí contra nosotros el generalisimo Agamemnón, sin duda ninguna para dar rienda suelta a su funesta lengua.

Agamemnón.— ¿Eres tú de quien me acaban de anunciar las horribles blasfemias que impunemente se han dicho contra nosotros? A tí, al hijo de la esclava, digo. En verdad que si hubieras nacido de madre noble, levantarías tu voz y no andarías a pie, cuando, siendo un nadie, te pones en contra nuestra por quien nada es, y perjuras que nosotros no vinimos aqui como generales y almirantes de los aqueos y también de tí, sino que, según tú dices, vino Áyax como autónomo. ¿No es in-